Pingüinos citadinos
Son
solo algunos afortunados quienes han logrado ver a estos ejemplares,
aparecen ante una situación única y misteriosa sin duda alguna.
Dichas bestias son de las formas más variadas, existen ejemplares
tan altos como el marco de la puerta, tan pequeños como cualquier
infante que ya anda en dos patas, los hay tan raquíticos como un
esqueleto forrado en piel, y tan grandes como cualquier oso. Existen
algunos que han modificado su cuerpo, han incrustado objetos en el,
han cercenado su piel, incluso, han plasmado arte en ella; lo que
llama la atención en esta parte, es que solo algunos han sido tan
valientes, si podemos decirles así, para hacerlo por ellos
mismos.
Los hay machos, las hay hembras, claro está, ambos pueden enfrentarse a este “viaje”, no existe algún estudio que demuestre si el macho es más propenso a esto, o la hembra.
Dicho viaje inicia ante la falta, la falta de un elemento único en esta especie, debido a que las demás bestias no sienten la necesidad de usarlo, dicho objeto puede ser de una, dos o incluso tres hojas, los hay de papel, los hay de algodón, resistentes y ultraresistentes, con aroma o sin el, con manzanilla o sin esta. Algunos son anunciados por animales, irónico, debido a lo ya mencionado anteriormente, es un cachorro, oseznos u osos; algunos durante algún tiempo fueron anunciados por la misma raza de bestias, si no me falla la memoria, esta contaba con un peinado estrafalario, vestimenta de “secretaria” y lentes completamente innecesarios.
Ante la presencia de sus demás congéneres harán un pequeño anuncio, “ahorita vengo”, se retiran con la mayor discreción, y caminan a su destino. Habrá algunos que corran. Si no hubiese algún otro, solo van a su destino. Giran la perilla, aseguran la puerta, nunca sabe si podría ser importunado o atacado por algún otro ejemplar. De nalgas al objeto se sientan, algunos podrán acompañarse de aquello que llaman libros o “smartphones”; su estadía puede variar, pocos o algunos minutos, depende del que se encuentre sentado en el objeto.
Llega el momento, estira uno de sus brazos, a la altura de sus rodillas, que es donde suele encontrarse este objeto de papel, no logra verlo a primera vista, voltea a su alrededor, su ritmo cardiaco se acelera, su vista se agudiza, aún no logra verlo. Pasan algunos minutos, dubitativo -como me gusta esta palabra- se encuentra ante diferentes opciones, permanecer en su lugar hasta que seque, utilizar algún otro elemento para limpiar aquel espacio, o, el caso único donde podría observarse a este animal, salir a buscarlo.
Con al menos los calzones y pantalones al final de sus piernas -que es esto lo particular del pingüino citadino-, se levanta de su lugar, abre la puerta con cautela y observa el entorno, emite un llamado de auxilio, no hay respuesta, nadie ni nada lo asiste, no hay cachorro que se lo lleve. Respira profundo, realiza un pequeño ejercicio de memoria, ¿En donde está?, ¿El clóset de blancos?, ¿En el otro baño?, ¿Habrá en mi cuarto?. Sale caminando como sus primos lejanos del antártico, a diferencia de que este pingüino utiliza otras prendas para cubrir su piel, sus primos solo su plumaje.
Los hay machos, las hay hembras, claro está, ambos pueden enfrentarse a este “viaje”, no existe algún estudio que demuestre si el macho es más propenso a esto, o la hembra.
Dicho viaje inicia ante la falta, la falta de un elemento único en esta especie, debido a que las demás bestias no sienten la necesidad de usarlo, dicho objeto puede ser de una, dos o incluso tres hojas, los hay de papel, los hay de algodón, resistentes y ultraresistentes, con aroma o sin el, con manzanilla o sin esta. Algunos son anunciados por animales, irónico, debido a lo ya mencionado anteriormente, es un cachorro, oseznos u osos; algunos durante algún tiempo fueron anunciados por la misma raza de bestias, si no me falla la memoria, esta contaba con un peinado estrafalario, vestimenta de “secretaria” y lentes completamente innecesarios.
Ante la presencia de sus demás congéneres harán un pequeño anuncio, “ahorita vengo”, se retiran con la mayor discreción, y caminan a su destino. Habrá algunos que corran. Si no hubiese algún otro, solo van a su destino. Giran la perilla, aseguran la puerta, nunca sabe si podría ser importunado o atacado por algún otro ejemplar. De nalgas al objeto se sientan, algunos podrán acompañarse de aquello que llaman libros o “smartphones”; su estadía puede variar, pocos o algunos minutos, depende del que se encuentre sentado en el objeto.
Llega el momento, estira uno de sus brazos, a la altura de sus rodillas, que es donde suele encontrarse este objeto de papel, no logra verlo a primera vista, voltea a su alrededor, su ritmo cardiaco se acelera, su vista se agudiza, aún no logra verlo. Pasan algunos minutos, dubitativo -como me gusta esta palabra- se encuentra ante diferentes opciones, permanecer en su lugar hasta que seque, utilizar algún otro elemento para limpiar aquel espacio, o, el caso único donde podría observarse a este animal, salir a buscarlo.
Con al menos los calzones y pantalones al final de sus piernas -que es esto lo particular del pingüino citadino-, se levanta de su lugar, abre la puerta con cautela y observa el entorno, emite un llamado de auxilio, no hay respuesta, nadie ni nada lo asiste, no hay cachorro que se lo lleve. Respira profundo, realiza un pequeño ejercicio de memoria, ¿En donde está?, ¿El clóset de blancos?, ¿En el otro baño?, ¿Habrá en mi cuarto?. Sale caminando como sus primos lejanos del antártico, a diferencia de que este pingüino utiliza otras prendas para cubrir su piel, sus primos solo su plumaje.
La
vida, a quienes han sido testigos de este “viaje”, les regala un
momento único y cómico, quienes han presenciado este evento
coinciden en que a dichas bestias se les puede sorprender casi
siempre de espaladas con las nalgas descubiertas, una mano
sosteniendo el objeto de papel y la otra cubriendo su entrepierna,
asombrados, los espectadores realizan la siguiente pregunta: ¿Qué
haces?, paralizado el pingüino, voltea, sonríe y contesta: No había
papel.
Juan Carlos Borja Arvizu
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